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30 de agosto de 2010

Agua en la pileta

Qué onda, alguna vez me pasó que me dijeron "¡tirateee, tirateee, que hay agua en la pileta!!", porque claro, sólo los demás son capaces de ver si hay agua. Y no había un carajo, o había, pero no era suficiente como para que no me pegara terrible porrazo en la cabeza contra el fondo. Lo peor es que las gilas de tus amigas te amasan tanto el cerebro para que te saques las inseguridades, que terminas creyéndoles. Y vas tan segura de que encima de estar llena, la pileta tiene agua calentita, bichos free, y adentro te espera un negro africano musculoso de labios carnosos ofreciéndote una caipirinha, que haces un salto triple mortal en el trampolín (por hacerte la gata nomás) y aterrizás boca abajo haciendo patín de pechito hasta chocarte contra la pared de la pileta, no sin antes comerte unos cuantos bichos muertos en el camino.

Pensar que otras veces una ni SABE no sólo de la existencia del agua, sino de la pileta entera, por más grande y obvia que parezca para los demás. A veces qué sé yo, no le prestás atención a si tiene una pileta o no el chabón, porque te chupa un huevo si podés o no nadarle ahí. De hecho una puede vivir entre tantas piletas medio llenas que si se diera cuenta, podría caer prácticamente en cualquier lado y flotar tranquilamente.

Pasa que ahora no es como antes. Ahora no es que la pileta está con un poquito de agua, a la mitad, rebalsando, o si encima tiene de esos angelitos culones que tiran agua por el pitito en el medio. Ahora las piletas están habitadas por aguas danzantes invisibles, parece que te quieren pelotudear, porque por un momento están formando olas a lo tsunami, y al otro, la pileta está más seca que chochi de vieja frígida.
Peor que tirarse a una pileta que está seca y llena de hojas que ni se juntaron en todo el otoño/invierno, no hay. Y por eso en estos tiempos todos vivimos arriba del trampolín.

Como si no hubiera escaleras, ¿no? Porque tiene sentido que si hay una pileta, hay agua y hay trampolín, también está la opción de usar la escalera tanto para ir metiéndote de a poquito e ir tanteando la cosa, como para salir cuando o bien estás ahogándote, o te la diste contra el fondo y necesitás ir a curarte el chichón. Pero no sé, a la gente le da paja, porque todos quieren estar en el agua YA, divirtiéndose con el flota-flota. Nadie tiene la paciencia para tomarse el tiempo de bajar la escalerita cuando tienen tanto calor, si pueden hacerlo de una.


Pero pasamos tanto tiempo pensando en cómo entrar, que nos quedamos con las ganas de agitar el flota-flota. ¡Vivimos en el trampolín, SEÑORES! ¡EN EL PUTO TRAMPOLÍN! ¡Estamos tan cómodos ahí que hasta hacemos campamento y cantamos canciones pedorras alrededor de la fogata, para poder vigilar las mareas! ¡Por si nos decidimos! ¡Por si juntas huevos, porque hay muchos queriendo tirarse de ese trampolín y te están empujando para pasar!

Si no pasas, si te quedás ahí, corrés peligro, man. No podés estar indeciso en el trampolín. Dicen que las guachas de las aguas danzantes éstas, si las mirás demasiado te hipnotizan y te hechan un gualicho que se llama enamoramiento. Por eso la mayoría cierra los ojos y salta, les importa un pito si hay agua o no. "Al carajo, no voy a perder tiempo en ésta, hay muchas piletas, quiero usar el flota-flota YA".

Pero de vez en cuando te quedás esperando en alguna pileta, y de vez en cuando no es tan fácil cerrar los ojos y "que pase lo que pase". De vez en cuando tenés ganas de bajar por la escalerita, pero lo reprimís porque tenés miedo a resbalarte, o a no encontrar nada al bajarla excepto una gran decepción, que es peor que un simple porrazo.

¿Será que los porrazos y las decepciones que vivimos, en vez de hacernos más fuertes y valientes, nos hicieron creer que nunca más encontraremos dónde nadar?

Qué miserables que somos, entonces.

5 de noviembre de 2009

El secreto de las moscas



Dicen que las cosas más difíciles de decir son “perdón”, “ayuda”, “gracias” y “te quiero”.

No es difícil decir estas cosas por separado; de hecho, es totalmente cotidiano agradecer un favor, disculparse por un error, expresar cariño, y pedir ayuda para realizar alguna tarea.
Pero cuando a causa de una sola situación nos gustaría poder decir todas esas cosas juntas, casi vomitándolas para sacarlas del sistema, creo que se debe a que tienen la misma raíz: no animarse a admitir y decir “tengo un problema”.

No admitimos el problema (ni siquiera a nosotros mismos) porque en realidad no somos conscientes de él (¿o no queremos creerlo?). Eso, claro, hasta que después de muchos golpes contra la pared, decepciones, broncas, negociaciones y depresiones nos admitimos a nosotros mismos que algo está mal, pero sin embargo, lo negamos y/o ocultamos ante los demás. Entonces, el problema básico (que es aceptado interiormente pero negado exteriormente) causa problemas más superficiales quizás, pero no por eso menos importantes.
Los problemas superficiales son los que intentamos resolver enseguida, porque son los que andan molestando todo el tiempo como moscas dando vueltas alrededor de algo bien podrido; hablamos inútilmente sobre ellos torturando los oídos de nuestros amigos, psicólogos, familiares y quien se interese por escucharnos antes de quedar confundidos y cambiar de tema. Pero nadie tiene la solución, nadie sabe dar una respuesta. ¿Moscas? Cosa de locos, ya se te va a pasar, te dicen.

Llegamos a un punto en que cansados, nos rendimos, absorbemos todos los sub-problemitas hasta incorporarlos y decir “YO SOY ASÍ”, (“sí, soy así, tengo un millón de idioteces en la cabeza que nunca comprenderás porque a vos no te pasan”; “no, no podés ayudarme, nadie puede”; “O me querés como soy o te jodés”) como si esa fuera la única explicación o excusa. Pero la verdad es que uno es lo que es a causa del principal problema al que no queremos prestarle atención porque sentimos que va más allá de nuestras manos, porque no tiene solución (¡NI LO SUEÑES! ¡NO HAY!) y tendremos/tendrán que convivir con él por las buenas o por las malas.

“Tengo un problema. Perdón por el daño que mi problema pudo causarte. Necesito ayuda. Gracias, te quiero.”


¿Por qué nunca llegamos a decirlo a tiempo?


18 de abril de 2009

vulnerable


Voy volando; soy una hoja que se mueve con el viento. Si la brisa me apura quizás me despegue del suelo un poquito y me mueva. Pero si no pasa nada, prefiero quedarme acá. Cuando viene un viento fuerte, me dejo arrastrar por la corriente a donde quiera llevarme...y si me cruzo con un remolino quedaré girando y girando hasta volver a caer...no peso, soy liviana, soy débil, no tengo fuerza. No puedo seguir viaje, pero tampoco puedo quedarme.

Y si me soplás, me voy.
Y si me tocás, me quiebro.
Y si no vuelo, muero.