23 de junio de 2011

El impulso final

Ficción emo, MUY EMO, encontrada en un word tirado por ahí... para los que les gustan mis bajones... no digan que no avisé.


Los guardianes del crepúsculo
saben de mi padecer
me aconsejan despegar mi nave a tiempo y desde el aire, saludar, saludar...

Caminaba errante por las calles oscuras, iluminadas únicamente por destellos naranjas reflejados en los charcos que quedaban de una lluvia que no había escuchado. ¿Cuándo había ocurrido el chaparrón? ¿O acaso había estado lloviznando constantemente la noche anterior, en completo silencio? No lo sabría, no podría saberlo nunca. El contacto humano era algo que había evitado tener durante esos días. ¿Cuántos días? Los contó desplegando dedos de una mano temblorosa, antes de volver a meterla en el bolsillo de su largo abrigo negro. Calculó que no habían pasado más que un par de semanas, aunque parecía un mes… o dos. Huyendo. Huyendo del pasado, caminando en círculos como si sin salirse de un patrón determinado, pudiera encontrar algo nuevo. No le emocionaba lo nuevo ya. No. Se había perdido en el miedo como un niño que se suelta de la mano de su madre y no la ve por unos segundos. Miedo que da ganas de llorar histéricamente, como si no hubiera un fin a las lágrimas que puede producir el cuerpo. Tocó el pañuelo arrugado y mojado en su bolsillo.

Había estado lloviendo… en todas partes. Y esta maldita ciudad que resurgía ante sus ojos, recordándole vidas pasadas. Vidas absolutamente olvidadas, como una foto que queda al fondo de un cajón. Levantó la vista después de algunas baldosas que emanaron el recuerdo. Ahí estaba el banco en que le habían dado su primer beso, su primer beso de amor, puro, joven, ingenuo. Estaba. ¿Cuándo lo habían sacado? Ahora sólo había un gran tobogán colorido en su lugar, rodeado de nuevos bancos, y flores recién florecidas. Ya no estaba. Cuando los lugares cambian es difícil creer que el recuerdo es real. Giró en una esquina inesperadamente. Cada calle más oscura, y seguramente más peligrosa. ¿A alguien le importaría si desapareciera en este mismo instante? ¿Si siguiera caminando hasta que no puedan encontrarme? Cruzó una calle con indiferencia, las chances de que un auto la atropellara a esas horas eran mínimas. Lástima. Tres adolescentes venían del lado opuesto, hablando y riendo tan fuerte que podía oírse el eco de sus voces. La miraron extrañadas por un segundo y siguieron camino. Cerró los ojos por unos segundos. Esas risas y esa alegría habían sido suyas. Había sido una de ellas en algún momento lejano, sintiendo que tenía toda la vida por delante, intercambiando sueños, haciendo planes. Enamorada. Había estado enamorada, varias veces, no sólo de un hombre, de la vida. Si estuviera enamorada ahora quizás estas nubes amarronadas que ensucian el cielo serían más lindas. Tan solo unos años atrás caminaba estas calles todas las noches, y en ese entonces le parecían hermosas. ¿Habían cambiado? No tanto. Ya no veía a través de esos ojos de antaño. Las hojas de los árboles se movían escandalosamente con el viento. Parecían monstruos que podían cobrar vida para atraparla, si se atrevía a detenerse.

A lo lejos vio un relámpago y escuchó el trueno aún lejano. ¿Qué haría si se largara a llover? No quería volver a casa. ¿Por qué ponen luces naranjas en la calle? ¿Por qué no blancas, o azules, o verdes? ¿Para simular el sol? Qué tenía de emocionante el sol todavía para la gente, no podía comprenderlo. Más luz. ¿Más luz para ver qué? Quizás por eso le gustaba la noche, porque la noche oculta a sus criaturas. A las criaturas de la noche nadie las quiere, no son felices, no les gusta el sol. El viento se volvió más fuerte y la calle se iluminó con un relámpago. Luz azul. Las lágrimas empujaban desde detrás de los ojos de nuevo. Se sentó en el escalón de una casa venida abajo. Las enredaderas caían desde dos balcones, las paredes corroídas por la humedad, pintura descascarada de quizás cien años atrás. Las luces estaban apagadas, la cuadra entera en completo silencio. Sacó su pañuelo arrugado del bolsillo. Era todo lo que tenía. Lloró hasta que le dieron arcadas. Estoy muriendo, estoy muriendo lentamente, pensó. ¿Cuánto puede llorar una persona? Si el agua desgasta la roca, ¿mis lágrimas no desgastan mi cuerpo? Hasta que la piel se caiga, hasta que me deshidrate, hasta que me ahogue.

La lluvia empezó a caer en grandes gotas, como piedras golpeándole la cabeza, Se levantó sollozando. No importaba ya disimular, el ruido de la lluvia la tapaba. Caminó sin querer hasta su última vida pasada. Era una foto que acababa de poner en el cajón, apenas cubierta por un par de objetos, todavía libre de polvo. Se enfrentó al edificio que se erguía ante ella. Antes suyo, completamente suyo. Ahora la miraba apáticamente. Como si no la conociera. Como si ella no conociera todas sus paredes, sus puertas, sus ventanas, sus pasillos, sus decoraciones. Como si no conociera la gente, los corazones rotos, los sueños, las ilusiones, las decepciones, las amistades, las alegrías, la historia…como si no hubiera vivido en él e impregnado sus emociones en cada pequeño rincón… como si ella misma hubiera sido borrada de esa foto, como si nunca hubiera existido. Como ese banco que guardaba el más dulce de sus recuerdos y de un día para el otro alguien se lo había llevado.

No era la primera vez que pasaba. Cada lugar que había sido suyo, cada lugar que había acunado miles de historias, de alguna forma se salía de sus manos, la expulsaba, la empujaba lentamente hasta salir para no volver jamás. Y aunque siempre había encontrado un nuevo hogar, el nuevo nunca era como el anterior. Eran hogares diferentes, como si ellos mismos supieran cuál era el siguiente paso a seguir. Estaba cansada de caminar. Volvió resignada a su casa. En la noche se erguía tranquila y silenciosa. La lluvia caía sobre las tejas y formaba una cortina ante la puerta de entrada. Como si no quisiera que volviera, pensó. Y esta casa no era más que otro hogar, de los tantos que había tenido en su vida. Otro escenario donde se habían escrito otros capítulos, el único del cual no había sido impulsada a salir. Hasta ahora. Atravesó la cortina de lluvia que caía ante la puerta y se sentó en el escalón que había bajo la misma. Allí se quedó, en el umbral, esperando el impulso final.

8 comentarios:

gastmun dijo...

¿Y donde esta la salida para este cuarto cerrado que es el mundo?, me gustó, melancolia y tristeza. Abrazo

Desencantada dijo...

Ni hablar, que ganas de salir que me dan a veces. Gracias por la leida, che.

Valen (: dijo...

Me gustó mucho, lindo blog :) te espero por el mio, que hise una entrada un poco mas para arriba :P jaja (autoayuda no?) un beso, que andes bien niña!

Iván dijo...

Me encantó!
Lleno de la tristeza y melancolía que suelen traer los días lluviosos (para algunos) y, sobre todo, cuando estamos solos.
Suelo enroscarme pensando así, queriendo hacer algo, encontrar a alguien que cambie mi vida.
Todo llega :)
Un beso!!!

Dany dijo...

Cuando se está tan pegado a las vidas pasadas y el miedo paraliza es muy dificil encontrar salidas. El impulso final es el que se necesita para cambiar algo. Me gustó. Un beso.

Iván dijo...

Hay que salir un poco más, a donde sea, a visitar a un amigo, de noche a una galería, a comer una hamburguesa :P
Toda salida siempre puede terminar en algo inesperado.
Y yo también quisiera salir un poco más...

Desencantada dijo...

Gracias che, pensé que nadie lo iba a leer, no solamente por lo emo, si no por lo largo! xD
Me alegro que les guste.

Ámbar dijo...

G-E-N-I-A-L